viernes, 3 de diciembre de 2010

Entre la valentía y la traición

200 jóvenes de 18 años se han negado en los últimos años a prestar el servicio militar en Israel para no ser parte de la "ocupación" palestina

"No eludo el compromiso con mi país, opto por este gran acto de responsabilidad civil que es denunciar lo que mi Estado hace mal", dice una de las objetoras


Las jóvenes objetoras Ya´ara Shafir, Emelia Marcovich y Or Ben-David, reunidas en Tel Aviv.
“Papá, no voy a entrar en el Ejército. No quiero. Sabes por qué”. Una hija se afirma, sincera, ante su padre. Se conocen bien, se entienden, se adoran. No hay mucho más que hablar. Él sabe que no la va a convencer. Es firme y cabezota, como él, y no da su brazo a torcer si tiene una idea fija en la cabeza. Digna hija de su padre. La escena podría ser un encontronazo más entre una adolescente y su progenitor, pero las circunstancias la convierten en excepcional: la que se niega a vestir el uniforme es Omer Goldman, una de las jóvenes israelíes que rechaza el reclutamiento como miembro del movimiento shministim (el nombre que se le otorga a los chavales del 12 grado, el último curso de la educación secundaria), y el que escucha es uno de los espías más brillantes que ha tenido el Mossad, el segundo en la sombra, conocido como ‘N’. La historia familiar evidencia el movimiento interno que están sufriendo Israel y sus Fuerzas Armadas: no son un muro infranqueable, no son puro orden -taconazo y a cuadrarse-, son un ente vivo donde se genera debate, se examinan las conciencias, se plantean las contradicciones.

Los shministim son el último gran ejemplo de esa ebullición que viven las Fuerzas Armandas de Israel, son objetores que se niegan a pasar de las aulas a la base. El movimiento se creó en 2008 y, desde entonces, casi 200 chavales han rechazado alistarse. El proceso es tan sencillo como arriesgado: llega la citación para el reclutamiento, se rechaza, se espera la audiencia en un tribunal militar donde de nuevo hay que explicar ese “no” y se cumple la consiguiente pena de cárcel, de entre 10 y 30 días aproximadamente. Luego vuelven la llamada a filas y se repite el proceso. La rebelión es tan nueva que se desconoce aún cuántas veces puede acabar en prisión uno de estos jóvenes. Lo habitual es que el Ejército deje de insistir cuando han llegado a los 21 años y se les ha pasado la edad de ser reclutas o si se presentan alguna eximente médica o religiosa como excusa. La incertidumbre a lo que puede ocurrir mientras se revive ese bucle de reclutamiento-rechazo-castigo lleva a los jóvenes a una incertidumbre absoluta: no saben cuándo los encerrarán, por cuánto tiempo, en qué condiciones –si se niegan a vestir uniforme durante su condena son sometidos a aislamiento-, viven con ese miedo y con la imposibilidad de proseguir en paz unos estudios o de encontrar un empleo. Nadie compromete un contrato con estos jóvenes, a los que sus iguales ven como valientes referentes y a los que la mayor parte de la sociedad israelí condena como traidores. LEER TODO


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