domingo, 4 de enero de 2009

¿Qué es lo que se puede hacer?

Eneko, en "20 minutos"

Criticar es fácil, dicen, de hecho es lo que hay que hacer a veces, pero hay quienes se preguntan qué hay más allá de las críticas, qué se puede hacer para poner fin al conflicto entre israelíes y palestinos. Sobre esto se han escrito libros así que un blog no va a producir ninguna alternativa milagrosa. Las ideas básicas están sin embargo al alcance de cualquiera que no crea en maldiciones históricas.

A corto plazo, la única garantía de garantizar la seguridad de los habitantes del sur de Israel, y de no seguir violando el derecho internacional matando a decenas de civiles en Gaza, consiste en negociar a través de terceros una tregua permanente similar a la que existe en el sur de Líbano desde 2006. Egipcios o saudíes pueden jugar ese papel. Pero si la intención de frenar es violencia es real, las condiciones que cada bando ofrezca tienen que ser reales. No vale con un fin de los lanzamientos de cohetes sin tener la garantía de que alguna milicia que no obedezca a Hamás rompa el alto el fuego en unas semanas. No vale con la situación inmediatamente anterior, cuando Gaza era asfixiada periódicamente a voluntad de Israel.

Todas las negociaciones entre israelíes y palestinos desde 1993 han demostrado que cualquier proceso paso a paso termina por naufragar más tarde o más temprano. Por varias razones, no parece posible enviar a Gaza a una fuerza de interposición compuesta por tropas extranjeras como en Líbano. Por tanto, el acuerdo es más difícil de alcanzar, pero eso no quiere decir que sea imposible.

Esa tregua sólo sería una interrupción de las hostilidades por muchas garantías que tuviera. En última instancia, la ausencia de violencia sólo es definitiva si se encuentra un camino hacia la paz permanente.

Desde el último Gobierno de Sharon, todos los dirigentes israelíes se han mostrado al menos en teoría partidarios de la formación de un Estado palestino. Cuando la violencia no alcanzaba los niveles intolerables de los últimos días, las encuestas revelaban que los israelíes no están en contra de esa idea si eso garantiza la paz. Los gobernantes deben ser sinceros con los ciudadanos: paz y asentamientos son conceptos contradictorios. Tienen que elegir entre una cosa u otra. Las negociaciones de Camp David del año 2000 marcaron el camino. Fracasaron, pero eso no quiere decir que el esquema de esos contactos fuera un error. No hay muchas más alternativas ni quedan ideas mágicas que hayan permanecido hasta ahora en la oscuridad.

Los palestinos deben ofrecer un frente unido que no pase por la aniquilación del adversario interno. Ni Hamás ni Fatah van a conseguir que el otro desaparezca. Hamás se ha movido siempre con facilidad en los escenarios de violencia porque eso no le obliga a poner en peligro su estabilidad interna al no tener que cuestionar sus principios fundacionales. Pero cuando las negociaciones han estado cerca de dar fruto, algunos de sus principales dirigentes han dejado claro que no serían un obstáculo definitivo si la posibilidad de poder contar con un Estado propio estaba al alcance de la mano.

El equivalente palestino de los asentamientos es el derecho al retorno. La idea de paz consiste en que israelíes y palestinos puedan separarse y que cada pueblo tenga su propio Estado. Los millones de descendientes de los palestinos que tuvieron que huir de sus pueblos y ciudades situadas en lo que hoy es Israel no pueden volver allí porque entonces no habría un Estado palestino sino dos. En el año 2000 Faisal Husseini nos dijo a un grupo de periodistas que la única alternativa viable que los negociadores de entonces en ambos lados estaban dispuestos a considerar era una especie de regreso de un puñado de ellos, se hablaba de la cifra de 3.000, que sirviera como reconocimiento simbólico del daño sufrido en 1948.

Jerusalén sólo puede ser de los dos pueblos en un estatus jurídicamente difícil de alcanzar pero factible. En las negociaciones de Camp David se avanzó mucho en ese terreno, pero Barak exigió la soberanía conjunta sobre el subsuelo de la Ciudad Vieja, en especial de la zona de la mezquita de Al Aqsa, como reconocimiento a los derechos religiosos de los judíos al lugar en el que su tradición dice que estuvo el Segundo Templo.

Estas ideas y otras no son nuevas, no revelan un punto de vista demasiado original y han sido explicadas en varios libros por los protagonistas de esas negociaciones y de las anteriores. Es cierto que por cada oportunidad que se pierde la siguiente parece mucho más difícil de alcanzar al cambiar las circunstancias políticas. Ahora se dice que Hamás nunca aceptaría estos términos y por tanto sería absurdo embarcarse en tales empeños. Pero si hubiéramos escrito o leído este texto hace cinco, diez o quince años, nos habríamos encontrado con dirigentes israelíes que nos dirían que resulta imposible alcanzar acuerdos con los palestinos. Lo decían cuando Hamás era mucho más débil que ahora. Lo decían cuando Hamás prácticamente no existía.

Al final, por muchas décadas que tenga este conflicto, no es muy diferente a tantos otros. La paz nunca es gratis. Si no acaba con la rendición de uno de los contrincantes, siempre hay que pagar un precio. Lo que ocurre es que hay gente que no está dispuesta a pagar ese precio, porque aspira a la victoria definitiva. A que el otro se rinda.

Y ni los israelíes ni los palestinos se van a rendir.

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